27 may 2011

La violinista


Cada vez más seguido me encuentro en esta situación: una amiga, su novio y yo. Los tres formando una familia feliz.

Hay algo de esa escena que me encanta. Creo que es la esperanza remota de que puede existir la amistad entre el hombre y la mujer. Que ninguno va a gustar de ninguno que no sea su novia/o. Que todo está clarito y en su lugar. Que no tengo que gustarle a nadie, y puedo apagar el radar y por un rato dejar de fichar hombres. Y a diferencia de muchas otras solteras, estar entre parejas me parece un pro-gra-món.

Me sirven de inspiración. De la buena y de la no tanto. Yo miro, escucho y anoto mentalmente qué hábitos quiero copiar en un futuro y cuáles por-favor-nunca quiero repetir. Y así, voy cosechando enseñanzas desde mi rincón desdichado. Tengo un libro escrito en mi cabeza de lo que quiero y lo que no, tengo la flecha apuntadísima con la cuerda estirada a punto de disparar a aquel que se anime a pararse en ese punto exacto.

Todo está en armonía. Mi amiga está contenta de que su amorsito y yo estemos congeniando, yo estoy divertidísima de tener una fuente certera que me explique algún dato oculto de los hombres, y el pobre santo está haciendo todos los deberes.

Pero hay algo que puede romper con ese equilibrio cuasiperfecto. No hay nada más siniestro en esta vida que escuchar cómo ellos dos, que rebalsan de amor y lo quieren esparcir a toda la humanidad, empiezan a buscarme un candidato (puedo sola, gracias). Repasan y repasan las listas de primos, amigos o hermanos que “pegan conmigo”. Me analizan, entrecierran los ojos, y tiran nombres en la mesa, atando un rosario de bondades a cada opción de novio futuro.

Y yo, que alguno que otro lo juno, no sé bien cómo explicarle a este buen hombre que paso, que no gracias. O peor todavía, no sé como explicarle que porfavor, que si me consigue a ese otro se lo voy a agradecer hasta el cajón. Yo me tengo que mantener en mis cabales, disimulando y esquivando a los que sospecho que algo malo tiene, que si mi amiga se está riendo es porque hay gato encerrado.

Lo peor de todo esto, es que a veces, solo algunas remotísimas veces… me entusiasmo. Y me empiezo a acomodar en mi silla eligiendo hombres como en un supermercado. Les pongo cara, nombre, y una mochila de ventajas que lo hacen compatible conmigo. Y ahí estamos los tres, saltando en una pata. Felicitándonos por el buen hallazgo que acabamos de hacer. Mi amiga se agarra la cara y no puede creer la fantástica pareja que acaba de formar, no tiene dudas de que es una ecuación perfecta.

Me voy a mi casa con una pizca de ilusión a cuestas y empiezo a divagar sobre este macho alfa. Y del otro lado, los dos tórtolos cerraron la puerta y se concentraron en lo que realmente les compete.

Y a ustedes las llamó alguien? No, a mí tampoco.