Hay códigos que son clarísimos entre nosotras, como cuando una está teniendo una charla exitosísima y no quiere ser molestada, manda miradas fulminantes que funcionan con eficiencia como un cartel de “do not disturb”. Y entonces nadie se va a acercar a la pareja a interrumpir y si es posible, la vamos a dejar sola para que el hombre se tenga que hacer cargo de la situación y llevar a la damisela a la puerta de su hogar. Y sí, algunas veces funciona y viven felices por siempre.
Como ése hay muchos códigos, un lenguaje telepático que todas entendemos al instante y cumplimos a rajatabla.
Pero hay uno que desde el sábado decidí nunca más cumplir: el código de “no te muevas de al lado mío que el que me está chamullando es un goma”.
Porque seamos sinceras, si realmente querés, te hacés humo en dos microsegundos. En realidad, lo que está pasando acá es que nuestra amiga está disfrutando de la charla de este buen hombre, pero te quiere tener ahí de interlocutora por si las dudas. Y yo, por si las dudas, me tengo que clavar nuevamente en mi rol de violinista y tratando de hacerme la que no me doy cuenta de que estoy de más.
El sábado, en un caso como este, casi muero acribillada por la mirada de un tipo que venía persiguiendo a mi amiga toda la noche. Yo tenía la orden irrefutable de no moverme de ahí, y aunque a mí me parecía simpático mi amiga aseguraba que era un pesado, y que no le gustaba. Y así transcurrió mi noche, haciendo de poste (y hasta fui barman) de la –no tan- feliz pareja.
El hombre en cuestión, lejísimos de sentirse halagado por mi presencia o contento con el desafío de lidiar con dos camiones, estaba empecinado en librarse de mí. Se dedicó entonces a no responder a ninguna de mis acotaciones y mirarme con cara de patoba maldormido.
Y entonces, después de sobrevivir y cumplir con mi papel de idiota por unas largas horas, me di cuenta de que mi amiga ya estaba suficientemente grande como para arreglárselas sola por un tiempo y me fui. Le solté la mano como madre orgullosa confiando en que se podía deshacer del engendro por sí misma.
Y no fue mucho tiempo el que estuve deambulando sola, feliz de poder recorrer por primera vez testeando a los demás hombres de la fiesta, cuando descubro que las voces que venían de la caja de una camioneta eran de mi amiga y su amado. Si, parece que no era TAN pesado. Y mi noche, bien, gracias.
17 jul 2011
5 jul 2011
Crónica de una cita siniestra

Estaba sentadita en mi living, después de dedicarle unos 20 minutos a transformarme en una mujer presentable, y me arrepentí un poco. Leía los mensajes y trataba de no ser tan exigente y lo demás que me enseñaron, pero ya me lo sospechaba. Tenía tan pocas expectativas, que al final dije: mejor, salgo sin esperar nada y seguro que me sorprendo. Y esperé lo peor, sin saber que me quedaba corta con “lo peor”
El candidato aterrizó en mi casa con media hora de tardanza. Perfectamente perdonable, fashonably late y todo. Bien. Tocó timbre. En otro personaje me hubiera parecido un acto de valentía, de caballerosidad y buena educación. En este caso me pareció un desubique absoluto.
Rememoramos un poco nuestro encuentro en la barra del casamiento, del que yo me acordaba un 8%, pero lo disimulé bastante bien. Ya en el debate de “a dónde vamos” me quería tirar del auto. El tipo me quería llevar al lugar más transitado del barrio, donde hay grandes chances de que te sienten al lado de un grupo de 10 amigas que si te conocen, se van a hacer un pic nic. Hice mis intentos de desviar la salida a un lugar menos canchero, pero el tipo dejó de lado cualquier tipo de caballerosidad o buena educación (les dije que lo del timbre era de desubicado nomás) y no me concedió el deseo. ENTONCES PARA QUE PREGUNTAS?!?!?!!!
Dicho y hecho, en la mesa de al lado, una amiga.
Pedimos los tragos y arremetimos a las preguntas de protocolo. De los trabajos, facultades, familias, ex novias, partes del cuerpo preferidas… ¿???? Casi me atraganto cuando me di cuenta de que esperaba una respuesta seria. No tengo parte del cuerpo preferida, le dije. Entonces él amablemente se dispuso a ayudarme a encontrar la respuesta (no vaya a ser que cambiemos de tema). Ahí nomás se puso a enumerar las cosas que le parecían “lindas” de mi cuerpo (POR FAVOR CALLATE QUE VIENE EL MOZO Y NO QUIERO QUE TE ESCUCHE DECIR ESTA SARTA DE CHAMULLE SINIESTRO).
También tuve que contestar preguntas como: qué características tengo de Libra, cómo me describiría, qué busco en un chico. Todo textual, así como se los digo. Yo fondeaba las cervezas buscando algún tipo de consuelo y miraba a mi amiga de reojo a ver si ella estaba escuchando lo mismo que yo.
Hasta que llegamos al tema de sus amigos que están de novios y se están perdiendo la buena vida. Pobres ellos, parece que como están de novios y viven acurrucados con su novia, no saben salir con chicas, no saben qué preguntarles ni todo el tema de los llamados y mensajes.
Él, en cambio, era la mismísima guía T de todos los bares para salir con “minitas”, el diccionario para las preguntas que garpan siempre y el portador de los mejores temas de conversación. Y cuando pensé que la conversación no podía ser más irónica me dijo lo mejor:
Yo lo que busco es una chica SEN. Sencilla, sensible y centrada (“bueno, en realidad centrada va con c, pero no importa”). Tuve que contener mis ganas locas de liberarme de ese tormento y decir que yo no tenía ninguna de las tres características necesarias para estar a su altura. Pero mantuve la compostura.
Como si la velada no hubiese sido lo suficientemente siniestra, cuando nos subimos al auto puso un CD de Sumo y empezó a cantar “la rubia tarada” mirándome y riéndose a las carcajadas por su chiste majestuoso (que “lo tenía preparado para el final”). Igual gracias por lo de rubia.
Ya cuando estaba a unas cuatro cuadras de mi casa, y yo sólo podía pensar en el momento victorioso de meter la llave en la cerradura de mi casa, frena el auto. Y de repente tenía su figura acercándose a mi lado del auto. No, dale, avanzá. Le dije. Y lo último que recuerdo fue sus cejas levantándose pícaramente mientras se me acercaba de vuelta: “avanzo?”.
En ese punto consideré seriamente la alternativa de abrir la puerta y caminar esas últimas cuatro cuadras en un frío polar. Finalmente llegué a mi casa sana y salva para volver a descubrir lo que tantos aseguran: mejor sola que mal acompañada.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)