Y cuando pensé que estaba de vacaciones y podía dormir hasta el mediodía un lunes, me tocó una mañana de trámites. Un día gris y por demás frío, me dediqué a la feliz tarea de recorrer distintos puntos de la ciudad en busca de sellos, firmas, fotocopias, sacar números y hacer interminables filas.
Al último trámite llegué pasada por agua y con la lengua afuera, a pocos minutos de que la ventanilla se cerrara. Cuando pasé la primer instancia, un índice me apuntó a la fila más larga de la mañana, que hacía unos ocho zig-zags.
Conteniendo mi estómago hambriento y rodillas cansadas, me puse atrás de una señora. Su hijo de unos dos años lloraba como si le estuvieran amputando los dedos uno a uno, y de vez en cuando tiraba de mi cartera. El aire se ponía cada vez más pesado y cuando ya no me alcanzaban las manos para sostener mis abrigos, carpetas y carteras, lo vi.
Estaba unas seis personas más adelante que yo, vestido de bermudas y ojotas. Lo miré desconcertada primero porque no se me ocurría una razón contundente para ese atuendo veranil en uno de los días más fríos de julio. Y segundo porque, una belleza así no se aprecia todos los días. Y se ve que no fui muy disimulada porque cruzamos miradas y tuve que mirar de vuelta al niño que lloraba.
Parecía traído sin escalas de una playa mediterránea, con unos rulos morochos, hombros fuertes y un color caribeño que a esta altura del año debería estar penado por la ley. Empecé a preguntarme (y responderme) de dónde venía, qué hacía, por qué estaba haciendo ese trámite. Y de vez en cuando volvíamos a cruzar miradas. La fila era cada vez más corta y cuando me quise dar cuenta estábamos uno al lado del otro, en las ventanillas. Y aunque hice todos mis intentos por escuchar los datos que el señor le preguntaba a través del vidrio, no escuché ni una sola respuesta.
Después de eso, me tocaba sentarme en una silla y esperar mi turno. El chico de las bermudas, se me sentó al lado. Para mí ya estaba todo dicho. Éramos el uno para el otro. Empecé a tener la sensación de cuando te están por pasar a buscar para salir con alguien por primera vez. Me saqué los auriculares, segura de que en cualquier momento se entablaría la conversación con mi media naranja. Me acomodé y empecé a hacerme la que leía una revista. Mi mañana gris de burocracia se había transformado en una mucho más entretenida.
Pasaron unos cuántos minutos, y yo era la única en todo el lugar que rezaba para que no llamen su número. Hasta había pensado que si llamaban el mio, se lo ofrecía a la señora con el hijo (que seguía llorando) como un acto desinteresado de caridad.
Cuando estaba a punto de tomar coraje y charlarle, le suena el teléfono. “Hola mi amor”, le dijo el hombre de las bermudas a su novia. Si, mi media naranja tenía novia. Y aparte le decía “mi amor”. En ese momento, llamaron mi número. Perdido por perdido, le hice una seña al novio de América que no entendió. Me pregunto que pasaba, con intriga. “No se puede hablar por teléfono”, le dije señalándole el cartel enorme que tenía en sus narices.