30 sept 2011

De rebote

Y mirá que crucé continentes eh, para dejar atrás al argentino langa, al chamullero vendehúmos que no puedo ver ni en foto. Esos que tienen la parla en las venas, que les fluyen las excusas como el aires que respiran, esos que guiñan un ojo como si pestañearan con normalidad. Decía, que me había librado por fin de esa manga de degenerados. Y me había cruzado con disimulo al continente de la gente decente y correcta.

Pero nunca bajes la guardia, ahora me digo a mi misma, a mi pobre yo afectado por los avatares de los madrileños aportenizados. Porque fue en un botellón cualquiera, al que llegué por pura casualidad, donde me senté a charlar sin pretensiones algunas. Me encontré con dos tíos muy guapotes, y un israelí con exceso de sudor en la frente y un increíble parecido a Adam Sandler. Tardé varios minutos en descifrar que los dos guapetones no eran una pareja de gays (de las tantas que hay en Madrid), y que Adam Sandler era un magnate perdido que buscaba sin éxito una chica para ligarse por fin.

En cierto momento apareció mi grupo de argentinos a avisarme que se iban, y me pareció suficiente hacerles una pequeña seña y un claro “bueno, vayan”. Tampoco podía yo exclamar a los gritos que quería con todas mis ansias quedarme con alguno de los guapetones (a esta altura todavía me daban lo mismo). Pero venga, que con un aviso basta. Aparecieron entonces uno por uno, que nos vamos, que entramos gratis, que no te lo pierdas, y tal. Y yo estaba omnubilada porque eran los primeros madrileños heterosexuales apuestos Y simpáticos con los que me había topado desde hacía ya un mes.

Mis amigos se hicieron humo (por fin) y los madrileños me llevaron a Pachá, donde me encontraría con el resto del equipo.

Hacia el cheboli me quedé con uno, se definió mi romance. Entrelazamos nuestros dedos con la naturalidad fluyendo como si nada. Reímos y caminamos, como tórtolos por París. Solo que en Malasaña. Y llegamos a la puerta del boliche y un grupo (maldito) de extranjeros se intrometió en la película. A mi también me diviritió en un principio hablar de futbol, porque en este país, con ser de Argentina ya estás calificada para hablar de Maradona como DT, de Messi y su hábito de fumar, del Kun y su bastardito.

Pero bueno, las manos entrelazadas se empezaban a chivar y ya no había vuelta que darle. Entonces dije: basta. Me solté del que podría haber sido un gran romance en este tiempo. Me escapé con un doble beso de despedida y unas largas palabras. Largas porque hice todo un speech que le diera tiempo al engendro este a pedirme el número, el nombre, algo. Pero en vez de eso, se dio media vuelta y siguió con su frase sobre los defensores del Barza y la que los parió a todos.

Y ahí estaba yo, a las 3 de la maniana tratando de entrar a un cheboli. Me rebotaron una y otra vez. Y pegué la vuelta con la cabeza a gachas. Sin decir ni mú. Hasta hice mis intentos en otros bolcihes de la zona. Yo y mi alma, luchando contra los patobas mas impenetrables con los que lidiaría jamás.

Y me fui a dormir, temprano, sabiendo que todo mi equipo seguía de farra por el cheboli. Sabiendo que los españoles son igual de vendehúmos que los argentos. Pero con la esperanza a cuestas. Porque el amor de mi vida, por algún rincón del mundo, sigue caminando.