30 sept 2011

De rebote

Y mirá que crucé continentes eh, para dejar atrás al argentino langa, al chamullero vendehúmos que no puedo ver ni en foto. Esos que tienen la parla en las venas, que les fluyen las excusas como el aires que respiran, esos que guiñan un ojo como si pestañearan con normalidad. Decía, que me había librado por fin de esa manga de degenerados. Y me había cruzado con disimulo al continente de la gente decente y correcta.

Pero nunca bajes la guardia, ahora me digo a mi misma, a mi pobre yo afectado por los avatares de los madrileños aportenizados. Porque fue en un botellón cualquiera, al que llegué por pura casualidad, donde me senté a charlar sin pretensiones algunas. Me encontré con dos tíos muy guapotes, y un israelí con exceso de sudor en la frente y un increíble parecido a Adam Sandler. Tardé varios minutos en descifrar que los dos guapetones no eran una pareja de gays (de las tantas que hay en Madrid), y que Adam Sandler era un magnate perdido que buscaba sin éxito una chica para ligarse por fin.

En cierto momento apareció mi grupo de argentinos a avisarme que se iban, y me pareció suficiente hacerles una pequeña seña y un claro “bueno, vayan”. Tampoco podía yo exclamar a los gritos que quería con todas mis ansias quedarme con alguno de los guapetones (a esta altura todavía me daban lo mismo). Pero venga, que con un aviso basta. Aparecieron entonces uno por uno, que nos vamos, que entramos gratis, que no te lo pierdas, y tal. Y yo estaba omnubilada porque eran los primeros madrileños heterosexuales apuestos Y simpáticos con los que me había topado desde hacía ya un mes.

Mis amigos se hicieron humo (por fin) y los madrileños me llevaron a Pachá, donde me encontraría con el resto del equipo.

Hacia el cheboli me quedé con uno, se definió mi romance. Entrelazamos nuestros dedos con la naturalidad fluyendo como si nada. Reímos y caminamos, como tórtolos por París. Solo que en Malasaña. Y llegamos a la puerta del boliche y un grupo (maldito) de extranjeros se intrometió en la película. A mi también me diviritió en un principio hablar de futbol, porque en este país, con ser de Argentina ya estás calificada para hablar de Maradona como DT, de Messi y su hábito de fumar, del Kun y su bastardito.

Pero bueno, las manos entrelazadas se empezaban a chivar y ya no había vuelta que darle. Entonces dije: basta. Me solté del que podría haber sido un gran romance en este tiempo. Me escapé con un doble beso de despedida y unas largas palabras. Largas porque hice todo un speech que le diera tiempo al engendro este a pedirme el número, el nombre, algo. Pero en vez de eso, se dio media vuelta y siguió con su frase sobre los defensores del Barza y la que los parió a todos.

Y ahí estaba yo, a las 3 de la maniana tratando de entrar a un cheboli. Me rebotaron una y otra vez. Y pegué la vuelta con la cabeza a gachas. Sin decir ni mú. Hasta hice mis intentos en otros bolcihes de la zona. Yo y mi alma, luchando contra los patobas mas impenetrables con los que lidiaría jamás.

Y me fui a dormir, temprano, sabiendo que todo mi equipo seguía de farra por el cheboli. Sabiendo que los españoles son igual de vendehúmos que los argentos. Pero con la esperanza a cuestas. Porque el amor de mi vida, por algún rincón del mundo, sigue caminando.

28 ago 2011

Romance burocrático


Y cuando pensé que estaba de vacaciones y podía dormir hasta el mediodía un lunes, me tocó una mañana de trámites. Un día gris y por demás frío, me dediqué a la feliz tarea de recorrer distintos puntos de la ciudad en busca de sellos, firmas, fotocopias, sacar números y hacer interminables filas.

Al último trámite llegué pasada por agua y con la lengua afuera, a pocos minutos de que la ventanilla se cerrara. Cuando pasé la primer instancia, un índice me apuntó a la fila más larga de la mañana, que hacía unos ocho zig-zags.

Conteniendo mi estómago hambriento y rodillas cansadas, me puse atrás de una señora. Su hijo de unos dos años lloraba como si le estuvieran amputando los dedos uno a uno, y de vez en cuando tiraba de mi cartera. El aire se ponía cada vez más pesado y cuando ya no me alcanzaban las manos para sostener mis abrigos, carpetas y carteras, lo vi.

Estaba unas seis personas más adelante que yo, vestido de bermudas y ojotas. Lo miré desconcertada primero porque no se me ocurría una razón contundente para ese atuendo veranil en uno de los días más fríos de julio. Y segundo porque, una belleza así no se aprecia todos los días. Y se ve que no fui muy disimulada porque cruzamos miradas y tuve que mirar de vuelta al niño que lloraba.

Parecía traído sin escalas de una playa mediterránea, con unos rulos morochos, hombros fuertes y un color caribeño que a esta altura del año debería estar penado por la ley. Empecé a preguntarme (y responderme) de dónde venía, qué hacía, por qué estaba haciendo ese trámite. Y de vez en cuando volvíamos a cruzar miradas. La fila era cada vez más corta y cuando me quise dar cuenta estábamos uno al lado del otro, en las ventanillas. Y aunque hice todos mis intentos por escuchar los datos que el señor le preguntaba a través del vidrio, no escuché ni una sola respuesta.

Después de eso, me tocaba sentarme en una silla y esperar mi turno. El chico de las bermudas, se me sentó al lado. Para mí ya estaba todo dicho. Éramos el uno para el otro. Empecé a tener la sensación de cuando te están por pasar a buscar para salir con alguien por primera vez. Me saqué los auriculares, segura de que en cualquier momento se entablaría la conversación con mi media naranja. Me acomodé y empecé a hacerme la que leía una revista. Mi mañana gris de burocracia se había transformado en una mucho más entretenida.

Pasaron unos cuántos minutos, y yo era la única en todo el lugar que rezaba para que no llamen su número. Hasta había pensado que si llamaban el mio, se lo ofrecía a la señora con el hijo (que seguía llorando) como un acto desinteresado de caridad.

Cuando estaba a punto de tomar coraje y charlarle, le suena el teléfono. “Hola mi amor”, le dijo el hombre de las bermudas a su novia. Si, mi media naranja tenía novia. Y aparte le decía “mi amor”. En ese momento, llamaron mi número. Perdido por perdido, le hice una seña al novio de América que no entendió. Me pregunto que pasaba, con intriga. “No se puede hablar por teléfono”, le dije señalándole el cartel enorme que tenía en sus narices.

17 jul 2011

De códigos y violines

Hay códigos que son clarísimos entre nosotras, como cuando una está teniendo una charla exitosísima y no quiere ser molestada, manda miradas fulminantes que funcionan con eficiencia como un cartel de “do not disturb”. Y entonces nadie se va a acercar a la pareja a interrumpir y si es posible, la vamos a dejar sola para que el hombre se tenga que hacer cargo de la situación y llevar a la damisela a la puerta de su hogar. Y sí, algunas veces funciona y viven felices por siempre.

Como ése hay muchos códigos, un lenguaje telepático que todas entendemos al instante y cumplimos a rajatabla.

Pero hay uno que desde el sábado decidí nunca más cumplir: el código de “no te muevas de al lado mío que el que me está chamullando es un goma”.

Porque seamos sinceras, si realmente querés, te hacés humo en dos microsegundos. En realidad, lo que está pasando acá es que nuestra amiga está disfrutando de la charla de este buen hombre, pero te quiere tener ahí de interlocutora por si las dudas. Y yo, por si las dudas, me tengo que clavar nuevamente en mi rol de violinista y tratando de hacerme la que no me doy cuenta de que estoy de más.

El sábado, en un caso como este, casi muero acribillada por la mirada de un tipo que venía persiguiendo a mi amiga toda la noche. Yo tenía la orden irrefutable de no moverme de ahí, y aunque a mí me parecía simpático mi amiga aseguraba que era un pesado, y que no le gustaba. Y así transcurrió mi noche, haciendo de poste (y hasta fui barman) de la –no tan- feliz pareja.

El hombre en cuestión, lejísimos de sentirse halagado por mi presencia o contento con el desafío de lidiar con dos camiones, estaba empecinado en librarse de mí. Se dedicó entonces a no responder a ninguna de mis acotaciones y mirarme con cara de patoba maldormido.

Y entonces, después de sobrevivir y cumplir con mi papel de idiota por unas largas horas, me di cuenta de que mi amiga ya estaba suficientemente grande como para arreglárselas sola por un tiempo y me fui. Le solté la mano como madre orgullosa confiando en que se podía deshacer del engendro por sí misma.

Y no fue mucho tiempo el que estuve deambulando sola, feliz de poder recorrer por primera vez testeando a los demás hombres de la fiesta, cuando descubro que las voces que venían de la caja de una camioneta eran de mi amiga y su amado. Si, parece que no era TAN pesado. Y mi noche, bien, gracias.

5 jul 2011

Crónica de una cita siniestra


Estaba sentadita en mi living, después de dedicarle unos 20 minutos a transformarme en una mujer presentable, y me arrepentí un poco. Leía los mensajes y trataba de no ser tan exigente y lo demás que me enseñaron, pero ya me lo sospechaba. Tenía tan pocas expectativas, que al final dije: mejor, salgo sin esperar nada y seguro que me sorprendo. Y esperé lo peor, sin saber que me quedaba corta con “lo peor”

El candidato aterrizó en mi casa con media hora de tardanza. Perfectamente perdonable, fashonably late y todo. Bien. Tocó timbre. En otro personaje me hubiera parecido un acto de valentía, de caballerosidad y buena educación. En este caso me pareció un desubique absoluto.

Rememoramos un poco nuestro encuentro en la barra del casamiento, del que yo me acordaba un 8%, pero lo disimulé bastante bien. Ya en el debate de “a dónde vamos” me quería tirar del auto. El tipo me quería llevar al lugar más transitado del barrio, donde hay grandes chances de que te sienten al lado de un grupo de 10 amigas que si te conocen, se van a hacer un pic nic. Hice mis intentos de desviar la salida a un lugar menos canchero, pero el tipo dejó de lado cualquier tipo de caballerosidad o buena educación (les dije que lo del timbre era de desubicado nomás) y no me concedió el deseo. ENTONCES PARA QUE PREGUNTAS?!?!?!!!

Dicho y hecho, en la mesa de al lado, una amiga.

Pedimos los tragos y arremetimos a las preguntas de protocolo. De los trabajos, facultades, familias, ex novias, partes del cuerpo preferidas… ¿???? Casi me atraganto cuando me di cuenta de que esperaba una respuesta seria. No tengo parte del cuerpo preferida, le dije. Entonces él amablemente se dispuso a ayudarme a encontrar la respuesta (no vaya a ser que cambiemos de tema). Ahí nomás se puso a enumerar las cosas que le parecían “lindas” de mi cuerpo (POR FAVOR CALLATE QUE VIENE EL MOZO Y NO QUIERO QUE TE ESCUCHE DECIR ESTA SARTA DE CHAMULLE SINIESTRO).

También tuve que contestar preguntas como: qué características tengo de Libra, cómo me describiría, qué busco en un chico. Todo textual, así como se los digo. Yo fondeaba las cervezas buscando algún tipo de consuelo y miraba a mi amiga de reojo a ver si ella estaba escuchando lo mismo que yo.

Hasta que llegamos al tema de sus amigos que están de novios y se están perdiendo la buena vida. Pobres ellos, parece que como están de novios y viven acurrucados con su novia, no saben salir con chicas, no saben qué preguntarles ni todo el tema de los llamados y mensajes.

Él, en cambio, era la mismísima guía T de todos los bares para salir con “minitas”, el diccionario para las preguntas que garpan siempre y el portador de los mejores temas de conversación. Y cuando pensé que la conversación no podía ser más irónica me dijo lo mejor:

Yo lo que busco es una chica SEN. Sencilla, sensible y centrada (“bueno, en realidad centrada va con c, pero no importa”). Tuve que contener mis ganas locas de liberarme de ese tormento y decir que yo no tenía ninguna de las tres características necesarias para estar a su altura. Pero mantuve la compostura.

Como si la velada no hubiese sido lo suficientemente siniestra, cuando nos subimos al auto puso un CD de Sumo y empezó a cantar “la rubia tarada” mirándome y riéndose a las carcajadas por su chiste majestuoso (que “lo tenía preparado para el final”). Igual gracias por lo de rubia.

Ya cuando estaba a unas cuatro cuadras de mi casa, y yo sólo podía pensar en el momento victorioso de meter la llave en la cerradura de mi casa, frena el auto. Y de repente tenía su figura acercándose a mi lado del auto. No, dale, avanzá. Le dije. Y lo último que recuerdo fue sus cejas levantándose pícaramente mientras se me acercaba de vuelta: “avanzo?”.

En ese punto consideré seriamente la alternativa de abrir la puerta y caminar esas últimas cuatro cuadras en un frío polar. Finalmente llegué a mi casa sana y salva para volver a descubrir lo que tantos aseguran: mejor sola que mal acompañada.

5 jun 2011

Noches alegres, mañanas...


Esto es amor?? Me preguntaba mientras miraba fijo a mis tacos caminando apurados contra el piso. Once de la mañana, yo, vestida de noche, delineador por los tobillos, y ni un hilo de voz. ESTO?

Trágica la situación. Cruzaba los dedos para que cada auto que me pasaba por al lado no sea ningún candidato que se estaba yendo a jugar al futbol un sábado a las once, como gente normal. Pero igual, no podía dejar de sonreír.

Tenía que tocar timbre en mi propia casa, porque había perdido las llaves. Mi familia no sabia de mi paradero, porque había perdido el teléfono. Estaba llegando DOS HORAS tarde a mi trabajo (si, trabajo los sábados, gracias). Tenía una resaca importantísima y mucho olor a cigarrillo en la ropa. Me habían dejado en un puente a más de quince cuadras de mi casa, y mis pulmones no aguantaban. Y me reía a carcajadas.

Porque había metido la gamba hasta el fondo. Había hablado por demás con quien estaba en proceso de borrarse de mi cabeza. Le había hecho planteos, escenas de celos, explicaciones turbias. Hasta hablé con su mejor amiga por teléfono porque yo decía que la amistad entre el hombre y la mujer no existía y en realidad se querían dar murra (cita textual).

Fue inevitable que después de hacerme la que bailaba con todos menos con él, cayera en sus brazos. Tanto me embruja este hombre, que me quedé sola con él. Sin plata, sin teléfono, sin auto, sin llaves de mi casa. Podía venir el fin del mundo maya en ese momento, que yo estaba donde quería estar.

"Noches alegres, mañanas tristes" me dicen sabiamente. Ahora lo tengo que ver porque la vida me lo cruza generosamente todas las semanas. Y no voy a tener alcohol en las venas ni un chongo para hacerme la canchera en sus narices. Y las chances son, que tarde mucho más de lo que pensé en sacarmelo de la cabeza. Pero qué quieren, no puedo dejar de sonreír.

27 may 2011

La violinista


Cada vez más seguido me encuentro en esta situación: una amiga, su novio y yo. Los tres formando una familia feliz.

Hay algo de esa escena que me encanta. Creo que es la esperanza remota de que puede existir la amistad entre el hombre y la mujer. Que ninguno va a gustar de ninguno que no sea su novia/o. Que todo está clarito y en su lugar. Que no tengo que gustarle a nadie, y puedo apagar el radar y por un rato dejar de fichar hombres. Y a diferencia de muchas otras solteras, estar entre parejas me parece un pro-gra-món.

Me sirven de inspiración. De la buena y de la no tanto. Yo miro, escucho y anoto mentalmente qué hábitos quiero copiar en un futuro y cuáles por-favor-nunca quiero repetir. Y así, voy cosechando enseñanzas desde mi rincón desdichado. Tengo un libro escrito en mi cabeza de lo que quiero y lo que no, tengo la flecha apuntadísima con la cuerda estirada a punto de disparar a aquel que se anime a pararse en ese punto exacto.

Todo está en armonía. Mi amiga está contenta de que su amorsito y yo estemos congeniando, yo estoy divertidísima de tener una fuente certera que me explique algún dato oculto de los hombres, y el pobre santo está haciendo todos los deberes.

Pero hay algo que puede romper con ese equilibrio cuasiperfecto. No hay nada más siniestro en esta vida que escuchar cómo ellos dos, que rebalsan de amor y lo quieren esparcir a toda la humanidad, empiezan a buscarme un candidato (puedo sola, gracias). Repasan y repasan las listas de primos, amigos o hermanos que “pegan conmigo”. Me analizan, entrecierran los ojos, y tiran nombres en la mesa, atando un rosario de bondades a cada opción de novio futuro.

Y yo, que alguno que otro lo juno, no sé bien cómo explicarle a este buen hombre que paso, que no gracias. O peor todavía, no sé como explicarle que porfavor, que si me consigue a ese otro se lo voy a agradecer hasta el cajón. Yo me tengo que mantener en mis cabales, disimulando y esquivando a los que sospecho que algo malo tiene, que si mi amiga se está riendo es porque hay gato encerrado.

Lo peor de todo esto, es que a veces, solo algunas remotísimas veces… me entusiasmo. Y me empiezo a acomodar en mi silla eligiendo hombres como en un supermercado. Les pongo cara, nombre, y una mochila de ventajas que lo hacen compatible conmigo. Y ahí estamos los tres, saltando en una pata. Felicitándonos por el buen hallazgo que acabamos de hacer. Mi amiga se agarra la cara y no puede creer la fantástica pareja que acaba de formar, no tiene dudas de que es una ecuación perfecta.

Me voy a mi casa con una pizca de ilusión a cuestas y empiezo a divagar sobre este macho alfa. Y del otro lado, los dos tórtolos cerraron la puerta y se concentraron en lo que realmente les compete.

Y a ustedes las llamó alguien? No, a mí tampoco.

27 mar 2011

Registro de hombres traumados

De todos los hombres que se exhiben hoy en el mercado, se estima que sólo un 30% está libre de traumas sentimentales. El resto, la gran mayoría de hombres con los que nos topamos a diario, pueden parecer gente normal, feliz y hasta simple. Pero escarbando solo un poco, se encuentra la enorme herida que acechó la psiquis sana que solían tener.

Todos los hombres traumados, encuentran la causa (aunque no lo admitan públicamente) en una relación pasada. Una ruptura dolorosa, una novia demandante, una ex que lo dejó pero nunca dejó de llamarlo, una infidelidad o una hippie que viajó por el mundo y volvió con un novio Ruso y un hijo a cuestas… son algunos de los ejemplos.

Los traumados conviven con nosotras en el mismo mundo y son el enemigo encubierto para cualquier mujer inocente. Suelen proyectar la imagen de su ex a todas las mujeres que se cruzan en su camino. Y como si se debieran vengar de toda la raza femenina, acechan a las mujeres para luego dejarlas ir por su justificadísimo y sacratísimo TRAUMA

Estos hombres andan sueltos, y no digo que debieran ser encerrados. Pero registrarlos sería una excelente medida de seguridad para todas las Susanitas que andamos buscando un hombre decente por ahí. Para las que todavía creemos que los podemos corregir, las que nos sabemos distintas a las viles exes y queremos demostrarlo, a todas las que luchamos por sacarlos de ese pozo sin saber que estos traumas no tienen cura.

Debiera existir un RHT (registro de hombres traumados).

Este documento debería ser redactado por quienquiera que descubra uno de estos especimenes rompiendo corazones al andar. Una salidora frustrada, una hermana que observa sus movimientos de cerca o hasta la mismísima que lo convirtió en un hombre traumado deberían tener la responsabilidad como ciudadana de registrar a este hombre en el RHT.

En la hoja figurará entonces, el nombre del traumado, una foto y una lista de lugares que frecuenta. Y lo más importante: deberá estar indicado el grado de traumatismo, en una de las tres categorías posibles:

a) el abuelo reivindicado: aquel que tuvo una novia intensa, gritona y demandante. Posiblemente estuvo un largo tiempo alejado de sus amigos, que hoy recriminan su partida. Los abuelos reivindicados, se sienten en deuda con sus muchachos y se empeñan en ser el alma de la noche por unos meses para demostrar que siguen siendo jóvenes y ganadores. Suelen deambular borrachos por los boliches, haciendo bandera de la soltería y pidiendo teléfonos que jamás marcarán.
b) El tiroteador indomable probablemente fue víctima de una infidelidad imperdonable (con un hermano o mejor amigo) y tiene tanta ira para con su ex novia como hacia todo el género femenino. Suelen ocurrírseles planes macabros que destruyen corazones inocentes al instante. Estos hombres se hartaron de la monogamia y hoy se dedican a tener el pan, la torta y los biscochos. Suelen ser mortíferos mentirosos y seductores incansables que prometen futuros paradisíacos a cinco mujeres a la vez y se hacen humo a la semana.
c) Los novios decentes fueron fantásticos cónyugues que jugaron todas sus fichas a su amadísima novia que de buenas a primeras le dijo que “necesitaba un tiempo para pensar” y apareció al mes en Facebook con “in a relationship” en su status. Estos hombres eran románticos, soñadores, fieles y muy atentos, pero ahora decidieron tirar esos atributos a la basura por un tiempo. Juraron no ponerse de novios nunca más y salir con mujeres y mantener siempre todo “relajado”. Si bien en el fondo les gusta frecuentar a la misma mujer, en cuanto ven que se están involucrando más de lo planeado, salen corriendo del bar sin siquiera pagar la cuenta.

Los traumados no tienen cura.
Mientras el RHT se tramita, esténse alertas, porque estos hombres siguen sueltos.

10 mar 2011

En un planeta muy lejano


Me lo dijeron clarito en un mensaje: está tu pibe en el boliche.

El que me rompió el corazón y se instaló en mis noches de insomnio.
El que tuvo el tupé de pintarme la cara y sonreírme al mes como si tal cosa.
El nombre que sigue figurando varias veces entre mis mensajes de texto.
El mismo que hace solo una semana recibió un mensaje mío, papelonero y borracho. Como si fuera inmune a todo lo que pasó y que ya parece que fue en otra vida.
Ahora, después de todo eso, se le ocurre andar bailando por un boliche. Por MI boliche, en el mismo metro cuadrado donde por un pelito, no estoy yo.

Si será sabia la vida. Porque hoy, justo hoy, se me ocurrió guardar cama. Alegué que me quería dormir temprano y otra sarta de excusas idiotas que me inventé para no enfrentar el proceso de metamorfosis que supone encarar las pistas. Y por un centímetro no estoy respirando ahora su mismísimo aire.

Puede sonar exagerado, pero no me había dado cuenta de que todos los hombres que alguna vez pasaron por mi vida, siguen dando vueltas por el mundo. Tienen una vida y caminan por las calles, hablan por teléfono y van a bailar. Y aunque en mi cabeza murieron (y de vez en cuando revivan y vuelvan a morir) en realidad siguen vivitos y coleando.

Será que no estoy preparada para encontrarme con ninguno de ellos. No se cómo relacionarme después de que hubo “algo”, no me fluyen las preguntas cliché cuando nuestras lenguas estuvieron conviviendo en la misma boca o nos dijimos frases melosas. No me sale.

Tendría que existir un planeta que albergue a todos los que no funcionaron. Así nos ahorraríamos varios encuentros indeseados.

Por ahora, le contesto a mi amiga, que no voy a ir al boliche a actuar mi mejor cara de desentendida y decir: “Ay, que haces acá? Tanto tiempo, que loco encontrarte en este boliche!”. Prefiero pensar que cuando se fue de mi vida, se fue de la faz de la tierra.

Y mientras me imagino cada hombre que mandaría a vivir a un planeta muy muy lejano, me preparo una banana con mucho dulce de leche.

14 feb 2011

San Valentín y la que te parió


Llegó San Valentín a nuestro calendario, para enmelar un poco el romanticor de las parejas, y para recordarnos a los solteros, que la desgracia nos sigue acompañando.

Tampoco es que estamos en jankilandia donde no tener un “Valentine” mata todo tipo de dignidad social que podías venir cosechando en el año. Por suerte acá somos menos apocalípticos y si no tenés quien te regale una rosa en este día, nadie te mira raro. Pero convengamos que, alguna que otra propaganda en la tele nos hace acordar que estamos solas y que, aunque finjamos que nos divierte el “San Vale Todo” que Doritos inventó gentilmente, en realidad preferiríamos ser parte del otro bando.

Y en vez de tirar dardos contra una foto de Cupido, me puse a pensar en las veces en que estuve cerca de un romance con todas las letras.

Porque alguna vez hasta el quiosquero se dio cuenta. Viví la situación de estar comprando cigarrillos y escuchar un meterete señor del otro lado del mostrador sorprenderse por mi cara de feliz cumpleaños. “Uhhh, esa felicidad no es normal, que pasó? Se te dio?” Jiji, contesté, porque la verdad que sí, era TAN evidente.

Y este mismo hombre (no el quiosquero; el culpable de mi sonrisa) me tuvo tan al pie del cañón que por su culpa me pasé una mañana entera buscando un Movistar en la ciudad porque se me había quedado el celular sin batería y me tenía que encontrar con él al mediodía. No solo desembolsé contenta 50 morlacos por el bendito cargador, sino que me tuve que laburar al vendedor y pedirle que lo enchufe sutilmente atrás de su mostrador. De repente me encontré fingiendo que miraba teléfonos y preguntaba precios de fundas de blackberries (que ni siquiera tengo), para mezclarme con los clientes normales, mientras mi teléfono revivía de a poco.

“Igual yo no soy nada romántica eh”, dije algún día. Y me reía de quienes se derretían ante un mensaje meloso o un ramo de rosas. Hasta que Cupido me dio un zampazo y me vi sonriendo hasta a los quiosqueros. No hay románticos o no románticos, hay gente enamorada. Y dejémoslos vivir su día tranquilos. Ya se les va a pasar.