Hay códigos que son clarísimos entre nosotras, como cuando una está teniendo una charla exitosísima y no quiere ser molestada, manda miradas fulminantes que funcionan con eficiencia como un cartel de “do not disturb”. Y entonces nadie se va a acercar a la pareja a interrumpir y si es posible, la vamos a dejar sola para que el hombre se tenga que hacer cargo de la situación y llevar a la damisela a la puerta de su hogar. Y sí, algunas veces funciona y viven felices por siempre.
Como ése hay muchos códigos, un lenguaje telepático que todas entendemos al instante y cumplimos a rajatabla.
Pero hay uno que desde el sábado decidí nunca más cumplir: el código de “no te muevas de al lado mío que el que me está chamullando es un goma”.
Porque seamos sinceras, si realmente querés, te hacés humo en dos microsegundos. En realidad, lo que está pasando acá es que nuestra amiga está disfrutando de la charla de este buen hombre, pero te quiere tener ahí de interlocutora por si las dudas. Y yo, por si las dudas, me tengo que clavar nuevamente en mi rol de violinista y tratando de hacerme la que no me doy cuenta de que estoy de más.
El sábado, en un caso como este, casi muero acribillada por la mirada de un tipo que venía persiguiendo a mi amiga toda la noche. Yo tenía la orden irrefutable de no moverme de ahí, y aunque a mí me parecía simpático mi amiga aseguraba que era un pesado, y que no le gustaba. Y así transcurrió mi noche, haciendo de poste (y hasta fui barman) de la –no tan- feliz pareja.
El hombre en cuestión, lejísimos de sentirse halagado por mi presencia o contento con el desafío de lidiar con dos camiones, estaba empecinado en librarse de mí. Se dedicó entonces a no responder a ninguna de mis acotaciones y mirarme con cara de patoba maldormido.
Y entonces, después de sobrevivir y cumplir con mi papel de idiota por unas largas horas, me di cuenta de que mi amiga ya estaba suficientemente grande como para arreglárselas sola por un tiempo y me fui. Le solté la mano como madre orgullosa confiando en que se podía deshacer del engendro por sí misma.
Y no fue mucho tiempo el que estuve deambulando sola, feliz de poder recorrer por primera vez testeando a los demás hombres de la fiesta, cuando descubro que las voces que venían de la caja de una camioneta eran de mi amiga y su amado. Si, parece que no era TAN pesado. Y mi noche, bien, gracias.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario