27 sept 2010

El gordito toquetón

Como quien quiere tildar la buena obra del día, me dediqué una noche a bailar con el gordito. Y no tengo nada en contra de los hombres corpulentos, hasta me animo a decir que la masa corporal suma y todo. Pero el problema fue que, el que al principio de la noche parecía un indefenso oso bimbo que sonreía por deporte, con el correr de las horas se transformó en un engendro desopilante. Resulta que tomó hasta lo que no había, y se mamó de lo lindo.

Pero bueno, una borrachera se le perdona a cualquiera. El gordito cambiaba de bailarina como de calzoncillo, y sus compañeras –mis crueles amigas- se hacían humo antes del estribillo. Yo miraba de lejos, medio riendo, medio compadeciéndome. Y creo que recién después de varios rebotes llegó a mis brazos el Michael Jackson argento (porque aparte lo imitaba y se jactaba de sus dotes en la pista).

No voy a negar que a mi autoestima le vino bien, por un rato apagar el chip de “meto panza, evito el manotazo al flotador y sus alrededores” y dejar fluir los pasos como vengan, total mi cuerpecillo entraba dos veces en el suyo. Pero tanta buena onda le puse al dancin que el tipo se adjudicó vía libre y empezó a toquetear por demás. Y yo, de buenaza nomás, no hice escándalo alguno, y seguí bailando tratando de a poco de alejar a la mole de mis partes impolutas. Ah, lo que me faltaba. Yo, que le legué unas cuantas piezas de baile, y taché a sus cinco amigos que miraban boquiabiertos, yo no merezco esta aberración.

Cómo habrá sido la sequía de la noche que al día siguiente nos juntamos religiosamente a comentar, con ruleros y pantuflas, los chismes de la noche. Y para la opinión pública, mi candidato era aquel gordito pasado de copas.

Moraleja uno: en la noche se labura, no se hace caridad.
Moraleja dos: mantener alejados del alcohol a los que sufren de bipolaridad nocturna.

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